El techo de cristal del misticismo y el origen oculto del conflicto
Hay preguntas que durante años vuelven una y otra vez sin terminar de resolverse del todo, y una de ellas para mí ha sido siempre por qué en aquellos lugares donde florece con más intensidad el conocimiento místico, donde aparecen escuelas profundas, sabios y tradiciones espirituales de enorme valor, emergen también con tanta frecuencia conflictos, guerras y desorden. No comparto esta reflexión como si fuera una verdad cerrada ni como una explicación definitiva de nada, sino más bien como una posible interpretación que a mí me resulta útil precisamente porque me obliga a moverme por dentro. Cada vez creo más que una interpretación es sabia, al menos para quien la sostiene, cuando no le sirve para sentirse más seguro en sus ideas, sino para desinstalarse, para transformarse y para asumir más responsabilidad sobre sí mismo. En ese sentido, esto no pretende colonizar la mirada de nadie, sino simplemente poner en palabras una lectura que a mí me exige más verdad interior.
Durante mucho tiempo la respuesta más intuitiva me parecía también la más natural, allí donde hay más luz, el mal trata de ocupar ese espacio. Sin embargo, cuando planteaba esta idea a quien fue mi maestro, su respuesta era siempre la misma, creer eso es precisamente lo que mantiene el conflicto, pero no es lo que lo crea. Nunca me daba una solución cerrada, siempre me empujaba a ir más profundo, y con el tiempo he empezado a sospechar que el origen del conflicto en esos lugares no está tanto en una lucha externa entre luz y oscuridad, sino en un punto mucho más sutil del camino interior, en lo que en la tradición mística podría llamarse un techo de cristal.
Un techo de cristal no es una caída evidente ni una desviación grosera, sino el punto en el que uno sigue avanzando, sigue comprendiendo, sigue sintiendo incluso que está en el camino, pero ha dejado de transformarse. Es un límite que no se ve, precisamente porque se alcanza desde cierto conocimiento, desde cierta práctica y desde cierta luz. Para mí ese punto aparece cuando ante una fricción uno deja de preguntarse qué hay de sí mismo en lo que está ocurriendo y comienza, casi sin darse cuenta, a mirar fuera, a interpretar la aflicción como una amenaza externa y a sentir que su tarea principal consiste en defenderse.
Ahí creo que se rompe el principio más exigente del misticismo, que no es el conocimiento, ni la experiencia interior, ni siquiera la conexión, sino la responsabilidad radical. Mientras uno interpreta la realidad como un espejo, el conocimiento ordena, purifica y corrige, pero cuando empieza a interpretarla como una agresión que viene de fuera y que debe ser neutralizada, el mismo conocimiento se convierte en herramienta de control. Y aquí aparece para mí una idea incómoda, pero central, que cada vez siento con más claridad. Cuando uno usa el conocimiento místico para defenderse del otro, en lugar de usarlo para matarse a sí mismo, por muy elevadas, blancas o celestiales que sean las justificaciones que encuentre, eso es magia negra.
Lo es porque la energía deja de dirigirse hacia el tikún y pasa a ponerse al servicio de la identidad. Deja de emplearse para disolver el ego y empieza a utilizarse para protegerlo. Deja de buscar la corrección interior y comienza a interferir en el exterior. Y en ese momento, aunque el lenguaje siga siendo espiritual, aunque se invoquen causas nobles, aunque la estética siga siendo luminosa, el movimiento ya está invertido. El conocimiento deja de ser una escalera hacia la humildad y se convierte en una tecnología de intervención.
¿Pero cómo saber cuándo estoy operando equilibradamente para poner límites porque aprender a hacerlo forma parte de mi corrección, y cuándo lo hago desde la defensa de una identidad rígida que no quiere aceptar su sombra? Cuando los límites los pones sin juicio. Cuando defines límites en Aras del Cielo siempre son límites dulces, ponderados, tienen que ver con un logro interior y no convierten al adversario en enemigo, porque entienden que detrás de ese adversario, siempre ha estado ÉL empujándote a un estado de conciencia mayor.
Por eso creo que en los lugares donde hay más conocimiento místico hay, efectivamente, más sabios y más luz, pero también, y quizá precisamente por eso, más riesgo de que aparezca magia negra. No en un sentido folclórico, sino en el sentido profundo de una conciencia que, habiendo accedido a más poder de comprensión y de materialización, deja en algún punto de usarse para corregirse y empieza a dirigirse hacia fuera, hacia la defensa, el control o la protección de lo propio. Y cuanto más elevado es el conocimiento del que parte esa desviación, más refinadas y más potentes serán las estructuras que puede llegar a construir.
Tal vez por eso el sistema reacciona con una fuerza proporcional. Si la conciencia utiliza su luz para rigidizarse, el sistema responde rompiendo esa rigidez. Si utiliza el conocimiento para defender una identidad, el sistema genera escenarios que obligan a esa identidad a agrietarse. Y de ahí quizá nacen muchos de esos conflictos que solemos interpretar solo en clave geopolítica, histórica o religiosa, cuando acaso también podrían leerse como grandes espejos de tikún, como mecanismos dolorosos de corrección que aparecen cuando la luz deja de estar al servicio de la transformación y empieza a estar al servicio del miedo.
La cuestión, entonces, ya no sería pensar que donde hay más luz el mal ataca más, sino preguntarse si allí donde hay más luz también existe más posibilidad de que una parte de esa luz no integrada termine siendo instrumentalizada por la identidad. Y si eso es así, el verdadero peligro del camino místico no sería la oscuridad externa, sino el momento en que uno cree que una aflicción que llega a su vida no tiene nada que ver con él y que, por tanto, su tarea pasa a ser únicamente defenderse.
Cada vez siento con más fuerza que la mejor defensa no consiste en levantar estructuras fuera, sino en morir dentro. No hablo de una muerte física, sino de morir a la identidad que está generando esa experiencia, a la forma de uno mismo que todavía necesita esa prueba, a la configuración interior que hace posible esa fricción. Morir en ese sentido es dejar de sostener el patrón que llama a la escena y permitir que algo más verdadero nazca en su lugar. Quizá esa sea la defensa más profunda contra el satán, no combatirlo, sino dejar de ofrecerle dentro de uno el punto exacto al que puede agarrarse.
Y en esa dirección hay otra cuestión que me parece cada vez más delicada, la del proselitismo espiritual y el deseo de compartir conocimiento sin discernimiento. Cuando uno transmite determinados contenidos místicos a personas que quizá no tienen aún la estabilidad emocional, ética o psicológica para recibirlos, existe el riesgo de que ese conocimiento sea usado contra ellas mismas o contra otros. Donde hay más luz también puede haber más sombra, no porque la luz produzca oscuridad, sino porque amplifica todo aquello que no ha sido integrado. Por eso creo que en todos los lugares donde hay más conocimiento místico también suele haber más magia negra, precisamente porque no todo conocimiento recibido produce automáticamente corrección. A veces produce inflación, justificación, fantasía mesiánica o intervención indebida.
Quizá por eso me resulta sugerente volver al relato legendario de Salomón y Balkis desde una lectura algo distinta. No como una interpretación que pretenda imponerse, sino como una imagen que a mí me sirve porque desplaza el heroísmo desde la acción exterior hacia la transformación interior. Tal vez Balkis fue la que salvó de verdad la situación, no porque venciera a nadie fuera, sino porque permaneció donde estaba, atravesando la fricción con emuná, sin salir de sí, sin convertir el miedo en ofensiva, sin tratar de conquistar el exterior. Y tal vez Salomón, en cambio, aun siendo símbolo de sabiduría, puede representar en esta lectura el momento en que incluso una gran conciencia se inclina a salir a batallar fuera, a pintar el Magen David en sus escudos en lugar de encarnarlo dentro.
Balkis, en cambio, encarnaría precisamente eso, el Magen David sostenido en la propia conciencia, la defensa que no se construye buscando controlar el exterior, sino permaneciendo en coherencia interna, incluso con miedo, incluso con aflicción, incluso bajo la amenaza. Quizá por eso ella pudo ser salvada, y quizá por eso no pudo quedarse con Salomón, no como castigo, sino como signo de que no toda sabiduría ha reunido todavía el mérito de permanecer unida a esa forma más honda de emuná que no sale fuera a guerrear, sino que transforma la realidad permaneciendo en su centro.
Al final, cada vez me importa menos encontrar una explicación brillante para los grandes conflictos y más encontrar una interpretación que me obligue a vigilarme a mí mismo. Si esta lectura me sirve, es porque no me permite descansar en la idea de que el problema está fuera, ni me deja instalarme en la fantasía de que la luz me exonera de seguir corrigiéndome. Al contrario, me recuerda que cuanto más conocimiento hay, más cuidado hace falta, que cuanto más poder de materialización existe, más radical debe ser la responsabilidad, y que tal vez el verdadero signo de madurez espiritual no sea cuánto entiende uno de lo alto, sino cuánta humildad conserva cuando la vida le pone delante una fricción que le invita a salir de sí y a protegerse fuera.

