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Espiritualidad y Conciencia

Guerras, identidad y autoconocimiento: dónde empieza realmente la violencia

Las guerras no empiezan en el campo de batalla, sino en la mente. Una reflexión sobre identidad, polarización y la raíz psicológica de la violencia.

Las guerras no empiezan en el campo de batalla, sino en la mente. Una reflexión sobre identidad, polarización y la raíz psicológica de la violencia.

La violencia implícita en el identitarismo

Hace años, en el cuarenta aniversario de Naciones Unidas, Krishnamurti dio un discurso memorable sobre la violencia que nace de la identificación. Tras exponer su visión, un representante político, con tono entre soberbio y burlón, trató de llevarle al extremo con una pregunta aparentemente práctica. Le dijo que si al llegar a casa encontrase a su mujer secuestrada por un ladrón, qué haría un hombre que predica la paz. Krishnamurti respondió con serenidad que haría lo correcto. El político insistió, qué es lo correcto. Y él repitió, no me has entendido, haría lo correcto.

La escena es sencilla, pero encierra una profundidad que rara vez queremos asumir. El político preguntaba desde la necesidad de una norma, de una regla universal aplicable a cualquier circunstancia. Krishnamurti respondía desde un estado de conciencia que entiende que lo correcto no es una fórmula fija, sino una respuesta viva que depende de quién actúa y desde dónde actúa. No hay una única forma de hacer lo correcto, porque cada situación es también una prueba del nivel de conciencia que hemos alcanzado.

Cada fricción que llega a nuestra vida tiene algo que revelarnos. No hablo de culpa, ese concepto no construye nada, hablo de responsabilidad en el sentido más radical del término. Si algo me hiere es porque hay una herida previa que puede ser vista. Nadie puede clavarte una lanza donde no había antes un punto vulnerable. Esa es una de las enseñanzas más incómodas de cualquier tradición mística, pero también una de las más liberadoras.

Cuando observo las guerras y los enfrentamientos colectivos, veo el mismo mecanismo amplificado. La violencia no suele comenzar en el campo de batalla, comienza mucho antes, en la mente que se identifica. Nos definimos como pertenecientes a una ideología, a una nación, a una tradición, a un movimiento, y esa identificación empieza a ocupar el lugar que debería ocupar la conciencia. La identidad, que psicológicamente es necesaria para tener un suelo firme, se convierte en un ídolo.

El problema no es tener identidad, todos necesitamos un marco desde el que vivir. El problema aparece cuando idolatramos ese marco y dejamos de cuestionarlo. Cuando alguien se siente orgulloso de ser de izquierdas o de derechas, por ejemplo, está reconociendo que psicológicamente conecta con más facilidad con un tipo de energía que con otra. Eso en sí mismo no es negativo. Lo que genera violencia es convertir esa inclinación en absoluto y buscar que la realidad entera se adapte a nuestro desequilibrio en lugar de trabajar el equilibrio dentro de nosotros.

Lo mismo ocurre con la identidad nacional. Es natural amar la cultura que nos ha formado y valorar las virtudes que creemos que aporta al conjunto de la humanidad, pero cuando ese amor se convierte en orgullo excluyente, cualquier fricción con otra nación se interpreta como una amenaza personal. En lugar de preguntarnos qué parte de nuestra estructura necesita revisión, preferimos deshumanizar al adversario y convertirlo en enemigo. En ese instante ya estamos conectando con la violencia, aunque todavía no haya disparos.

La tradición cabalística habla del tikún, que puede entenderse como el trabajo de rectificación interior que cada persona viene a realizar. Desde esa mirada, cada conflicto es una oportunidad para elevar el estado de conciencia, no para reafirmar la identidad. Las fricciones no llegan para que defendamos con más fuerza el suelo en el que estamos, llegan para que podamos soltarlo y acceder a un suelo más amplio, más equilibrado. El apego es lo que transforma la diferencia en amenaza.

Incluso el conocimiento espiritual puede convertirse en trampa. Podemos sentirnos más conscientes que otros, más despiertos, más alineados, y desde ahí empezar a creer que somos necesarios para salvar al mundo. Esa sensación de necesidad es una forma refinada de idolatría. Nos identificamos con nuestro propio estado de conciencia y olvidamos que si alguien ha reunido el mérito para comprender algo, la vida tiene infinitas formas de hacérselo llegar sin depender de nosotros.

En la tradición hebrea también se habla de fuerzas que parecen obstaculizar el bien pero que en realidad cumplen una función de depuración. El adversario, el conflicto, incluso el que nos hiere, puede estar mostrando un punto débil que necesitaba ser visto. Si respondemos desde el orgullo, reforzamos la herida. Si respondemos desde la conciencia, transformamos la herida en aprendizaje.

No es sencillo vivir así. Exige una vigilancia interior constante. A mí me supone un esfuerzo diario no engancharme cuando algo toca mis convicciones o mi identidad. No siempre lo consigo. Pero cada vez que logro observar la reacción antes de actuar, siento que se abre una pequeña grieta en el mecanismo automático de la violencia.

Quizá nos vendría bien aprender algo de las artes marciales. Al terminar un combate, los dos contendientes se saludan con respeto. No celebran la derrota del otro, agradecen que el otro les haya mostrado sus puntos débiles. Sin esos golpes no habría crecimiento.

Tal vez el verdadero camino hacia la paz no pase por imponer una identidad sobre otra, sino por reconocer que cada conflicto revela una parte de nosotros que todavía necesita ser comprendida. No hay suelo firme definitivo. Cada día y cada fricción están diseñados para que podamos morir un poco a lo que creíamos ser y nacer a algo más amplio.

Dónde está el camino correcto de cada uno. Solo uno puede saberlo. Y rara vez es el camino más cómodo.

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