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Liderazgo

Liderazgo consciente: Gobernarse antes de gobernar.

Una reflexión sobre el liderazgo y la búsqueda de poder.

Liderazgo, conciencia y poder.

Liderazgo consciente: Gobernarse antes de gobernar.

Durante mucho tiempo asocié el liderazgo a la capacidad de influir, de decidir, de marcar dirección, como si liderar fuese principalmente ocupar una posición desde la que orientar a otros. Con el paso de los años he entendido que todo eso es apenas la superficie, porque el liderazgo real comienza mucho antes, comienza en el espacio interior de cada uno y en la manera en que uno se gobierna a sí mismo cuando nadie lo está mirando.

En mi propio recorrido he atravesado etapas en las que entendía el poder como algo externo, como una conquista visible que tenía que ver con lo económico, con lo empresarial o con la influencia. Como tantas personas que parten de entornos humildes, sentí el impulso natural de crecer, de expandirme, de demostrar que podía llegar más lejos. Ese impulso no es negativo, es energía de vida, pero con el tiempo comprendí algo que no suele enseñarse en las escuelas de negocios, y es que el liderazgo que se busca con ansiedad casi siempre nace de una carencia, mientras que el liderazgo que surge de una autoestima sana no necesita imponerse ni justificarse.

El liderazgo consciente no consiste en controlar a otros, consiste en gobernarse a uno mismo. Cuando una persona tiene una buena autoestima interior no necesita ejercer presión constante para sostener su posición, no necesita demostrar autoridad a cada paso ni rodearse de símbolos de poder para sentirse validada. Su presencia es suficiente porque no persigue el poder para llenar un vacío, y paradójicamente es ahí donde el liderazgo empieza a aparecer de manera natural, casi como una consecuencia inevitable de la coherencia.

He observado muchas veces que quienes desean el poder de forma obsesiva están intentando resolver algo interno que no han sabido integrar. Esto ocurre en la política, en la empresa y en el ámbito financiero, donde vemos con frecuencia decisiones marcadas por la necesidad de controlar, de destacar o de imponerse. La ambición en sí misma no es el problema, el problema aparece cuando el poder se convierte en una prótesis de la autoestima, y entonces surgen las incoherencias, los excesos y las contradicciones que terminan debilitando aquello que supuestamente se quería fortalecer.

El liderazgo consciente parte de otra base, parte del autoconocimiento. Cuando uno se conoce sabe que puede ser el puente que ayude a otros a crecer, pero también sabe que puede convertirse en la limitación del equipo si no se revisa constantemente. Como todo puente, une cuando se entiende como un medio y separa cuando se cree un fin en sí mismo. Esa es una línea muy fina que exige vigilancia interior, porque un líder que se siente imprescindible deja de escuchar, y cuando deja de escuchar empieza a bloquear el talento que tiene alrededor.

Por eso el liderazgo exige reconstrucción constante, exige preguntarse con honestidad si las fricciones que aparecen en el equipo tienen algo que ver con uno mismo, exige aceptar la crítica constructiva sin vivirla como una amenaza personal, y exige rodearse de personas más inteligentes sin sentir incomodidad por ello. Solo quien es consciente de sus limitaciones disfruta aprendiendo de los demás, y solo quien disfruta aprendiendo puede evolucionar junto a su equipo.

Cuando uno entiende la empresa, el proyecto o cualquier ámbito de responsabilidad como una escuela, el enfoque cambia de raíz. Cada decisión deja de ser una declaración de autoridad para convertirse en un aprendizaje, cada reacción del equipo se transforma en información valiosa, cada error deja de ser una amenaza para convertirse en una oportunidad de ajuste. El liderazgo deja de ser una postura firme e inmutable y pasa a ser un proceso vivo, dinámico, en el que promover ideas es tan importante como observar cómo responde la realidad a esas ideas.

La vida siempre devuelve algo, el mercado responde, el equipo responde, los proyectos responden, y en esa respuesta hay una enseñanza que solo puede ser recibida por quien está dispuesto a cambiar. Solo aprende quien acepta que no tiene todas las respuestas, y solo evoluciona quien no se aferra a su identidad como si fuese definitiva. En el entorno actual, marcado por la transformación constante y la incertidumbre, el mayor riesgo no es equivocarse, sino quedarse rígido.

Morir cada día, en sentido simbólico, significa soltar versiones antiguas de uno mismo, revisar creencias que quizás funcionaron en el pasado pero ya no sirven en el presente, y aceptar que cambiar no es debilidad sino inteligencia. La adaptación no es oportunismo, es comprensión del contexto. Y solo las personas que se conocen bien, que tienen autoestima suficiente para no vivir a la defensiva y que están dispuestas a reconstruirse, pueden liderar en tiempos de cambio profundo.

El liderazgo consciente no busca seguidores dependientes, busca personas autónomas, no impone disciplina por miedo sino que inspira compromiso por coherencia, no se apoya en el control excesivo sino en la confianza y en el ejemplo. Y ese ejemplo comienza siempre por la responsabilidad radical, porque cuando algo no funciona la primera pregunta no debería ser quién falló, sino qué puedo aprender yo de esto y qué puedo mejorar.

Con el tiempo he entendido que el único poder verdaderamente estable es el autodominio. El poder exterior fluctúa, las posiciones cambian, los contextos se transforman, pero la capacidad de conocerse, corregirse y reconstruirse permanece. Desde ese lugar el liderazgo deja de ser una meta que se persigue con ansiedad y se convierte en una consecuencia natural de cómo uno vive y de cómo uno se enfrenta a sus propios límites.

Liderar, en el fondo, no es dirigir a otros, es inspirar a otros a liderarse también a sí mismos, y eso solo es posible cuando el primero que está dispuesto a cambiar cada día es quien ocupa la posición de liderazgo.