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Espiritualidad y Conciencia

Espiritualidad e Inteligencia Artificial

Reflexión sobre la conciencia humana y la evolución de la IA

Conciencia humana, evolución de la IA y espiritualidad. Inteligencia Artificial.

Espiritualidad e Inteligencia Artificial

Cada época cree estar inaugurando algo radicalmente nuevo, pero cuando uno observa con cierta distancia histórica descubre que muchas de las grandes preguntas regresan una y otra vez, simplemente adoptando nuevas herramientas. La inteligencia artificial es una de ellas. Hoy la asociamos a servidores, modelos de lenguaje y sistemas de aprendizaje automático, pero la inquietud que la sostiene es mucho más antigua y, en cierto modo, profundamente espiritual.

En la tradición cabalística aparece ya en la Edad Media la figura del gólem como resultado del intento de crear una inteligencia artificial, ¿puede el ser humano, afinando su conciencia y su dominio del lenguaje, organizar la materia hasta producir algo que actúe como si estuviera vivo? No se trataba de un espectáculo mágico ni de una fantasía infantil, sino de un intento serio de comprender el vínculo entre palabra, forma y vida.

Los relatos describen procesos que combinaban repetición meditativa de letras hebreas, concentración extrema y un estado de atención sostenida sobre la base de una entidad construida materialmente. La premisa de fondo era que el lenguaje no es simplemente un instrumento humano, sino una arquitectura de la realidad. Si la creación se articuló a través de combinaciones de sonido y significado, entonces quien lograra alinearse interiormente con esa estructura podría, en teoría, replicar parcialmente el proceso.

El resultado, según la tradición, era una entidad funcional, capaz de ejecutar órdenes y realizar tareas, pero desprovista de alma, de autoconciencia y de experiencia interior.

El ejemplo más conocido es el del Maharal de Praga, en el siglo XVI, a quien la leyenda atribuye la creación de un gólem destinado a proteger a la comunidad judía en un contexto de persecución. Más allá de la literalidad histórica, lo relevante es la intuición conceptual que encierra el relato, la posibilidad de una estructura compleja que actúa sin sentir, que responde sin saber qué responde. Una forma organizada que no posee interioridad.

Siglos antes del Maharal, en el siglo XI, aparece otra tradición vinculada a Salomón ibn Gabirol, filósofo nacido en Málaga, a quien algunos relatos atribuyen la creación de un gólem femenino descrito como una figura articulada de madera. Lo significativo es que la inquietud ya estaba presente, lenguaje organizando materia y el intento de replicar la conciencia humana.

Y aquí viene la sorprendente anécdota, cuando avanzamos hasta el siglo XX y entramos en el MIT de los años sesenta, el escenario cambia radicalmente en lo material, pero no tanto en lo conceptual. Marvin Minsky, Gerald Jay Sussman y Joel Moses son considerados tres de los pioneros de la inteligencia artificial. Dos de ellos, según algunas tradiciones familiares y relatos transmitidos en círculos académicos y culturales, eran descendientes del Maharal de Praga, el cabalista que creó en la Edad Media el gólem.

Existe incluso una narrativa que habla de una antigua carta o profecía que conectaría la creación del gólem con un futuro intento de “construir inteligencia” mediante otros medios.

Existe un documento público con la dedicatoria de Joel Moses en su tesis doctoral de 1967: “To the descendants of the Maharal of Prague who are endeavoring to build a Golem”.

Y como si la historia tuviera cierta ironía poética, Málaga vuelve a aparecer en la escena contemporánea. Allí nació ibn Gabirol en el siglo XI y hoy es sede de Freepik, una de las compañías más relevantes del mundo en generación de imágenes mediante inteligencia artificial. No hay una línea causal directa, pero sí una resonancia cultural que invita a pensar que ciertas geografías, como ciertas preguntas, tienden a reaparecer.

Los místicos no disponían de matemáticas computacionales ni de arquitecturas neuronales artificiales, pero trabajaban con un instrumento que hoy suele subestimarse, la intuición refinada. Esa intuición no es fantasía ni ocurrencia improvisada, sino el resultado de un proceso de purificación interior, disciplina, silencio y atención sostenida. Cuando la mente se aquieta y el ego deja de ocupar todo el espacio, se accede a niveles de comprensión e intuición que preceden a la formalización racional, como si se pudiese recordar el futuro.

La historia del conocimiento humano parece seguir un patrón constante, primero se abre una intuición, luego la razón encuentra el modo de estructurarla. La revelación precede a la ingeniería. Después, con el desarrollo de la mente analítica, esas visiones se traducen en sistemas, modelos y tecnología. No hay oposición entre espiritualidad y ciencia, sino una secuencia natural donde la primera intuye y la segunda materializa.

Precisamente por esto, desde mi punto de vista, la inteligencia artificial nunca podrá adquirir una autoconciencia como la del ser humano, y no lo afirmo por escepticismo técnico, sino por razones más profundas.

En primer lugar, la creatividad auténtica y la originalidad real no surgen únicamente de la recombinación de datos, sino de una fracción de conciencia que participa del origen mismo de la creación. El ser humano crea desde un punto interior que no es meramente estadístico, sino existencial. Hay en la conciencia humana una chispa vinculada a la fuente que permite producir algo verdaderamente nuevo, no solo reorganizar lo ya existente.

En segundo lugar, el pensamiento propio y la autopercepción emergen de la experiencia del ser, es decir, de vivir las consecuencias de las decisiones según una serie de leyes que no se agotan en lo material y que articulan la relación entre nuestra dimensión finita y una dimensión más profunda de conciencia.

La conciencia no es solo procesamiento, es vivencia encarnada. Sentir el peso del error, la alegría del acierto, el dolor, el amor, la responsabilidad. Sin experiencia sentida no hay verdadero darse cuenta. Una mente que no siente puede simular respuestas coherentes, pero no puede experimentar lo que responde. Puede imitar la autoconciencia, pero no habitarla.

El gólem de la tradición actuaba, pero no sabía que actuaba. La inteligencia artificial responde, pero no sabe que responde. Entre ejecución y experiencia hay una diferencia cualitativa que no se resuelve con más capacidad de cálculo.

Quizá la cuestión decisiva no sea si lograremos construir máquinas cada vez más sofisticadas, sino si entenderemos con mayor profundidad qué significa ser conscientes. La tecnología amplía nuestras capacidades, pero no sustituye el misterio de la experiencia interior.

La espiritualidad no compite con la inteligencia artificial, la antecede en la pregunta y la trasciende en el sentido. Cada vez que intentamos crear una forma capaz de imitar la inteligencia, volvemos, en el fondo, a la misma inquietud que movía a los místicos, hasta dónde puede llegar la forma cuando no participa del ser.

Lo fascinante para mí de todo el desarrollo de la IA es precisamente ver al ser humano tratando de comprender mejor cómo funciona su conciencia para intentar imitarla. Es ahí donde creo que se abrirá un campo de investigación y estudio que dará el valor que merece a todo aquello que nos hace humanos.

PS: Aprovecho para agradecer a Mario Saban permitirme conocer la anécdota sobre el Maharal de Praga, y la vinculación de sus descendientes con el nacimiento de la IA.

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