Hay una pregunta que empieza a repetirse con insistencia, tanto en conversaciones privadas como en debates públicos, y que esconde algo de temor, porque no solo apunta al trabajo, sino a la identidad que hemos construido alrededor de él.
La pregunta es incómoda, ¿la inteligencia artificial me va a quitar el empleo?
No comparto esta reflexión como una conclusión cerrada ni como una advertencia categórica, sino como una interpretación que a mí me resulta útil precisamente porque no me permite quedarme quieto. Cada vez tengo más claro que una interpretación es valiosa cuando no te da seguridad, sino cuando te obliga a revisarte, a transformarte y a asumir más responsabilidad sobre lo que haces y sobre lo que eres capaz de aportar en un entorno que ya no es el mismo.
Si uno se aparta un momento del ruido y observa qué empieza a consolidarse como consenso entre informes de referencia, el patrón es bastante claro. Estudios como los de McKinsey Global Institute, Goldman Sachs o OECD coinciden en algo esencial, los empleos más expuestos no son necesariamente los más duros ni los menos cualificados, sino aquellos que pueden descomponerse en tareas repetitivas, predecibles y estructuradas.
El informe de Goldman Sachs estimaba que hasta un 25% de las tareas laborales podrían ser automatizadas en economías avanzadas, mientras que McKinsey apunta a que cerca del 60% de los trabajos tienen al menos un 30% de actividades automatizables. Esto no significa que desaparezcan de golpe, pero sí que su valor relativo cambia, y lo hace rápido.
Ahí entran perfiles como administrativos, atención al cliente de primer nivel, redacción genérica, análisis de datos estructurados o incluso parte del trabajo jurídico o financiero más procedimental. No porque dejen de existir, sino porque dejan de ser escasos, y cuando algo deja de ser escaso, deja de ser valioso en los mismos términos.
Sin embargo, mientras ese tipo de trabajo pierde peso, empieza a producirse un desplazamiento que no siempre se comenta. Todo aquello que implica interacción física en entornos no estructurados, desde oficios técnicos hasta trabajos manuales especializados, sigue siendo extraordinariamente difícil de sustituir, no tanto por la inteligencia artificial en sí, sino por la complejidad de llevarla al mundo físico de forma eficiente. Durante años se empujó a toda una generación hacia trabajos de oficina bajo la promesa de estabilidad, y ahora es precisamente ahí donde aparece más presión.
A medio plazo, es cierto que la combinación de robótica e inteligencia artificial puede empezar a afectar también a estos sectores, pero la velocidad no será la misma, ni la inversión necesaria, ni la capacidad de adaptación. Automatizar un texto es trivial comparado con automatizar una intervención física en un entorno cambiante, con imprevistos constantes y decisiones en tiempo real.
Pero hay una capa en esta transformación que, en mi opinión, está pasando bastante desapercibida, y es el impacto que todo esto puede tener en el empleo público. Es un terreno incómodo, porque implica cuestionar estructuras que durante décadas se han considerado estables por definición, y que además genera en no pocas economías la base de la estabilidad, pero si uno observa la evolución de la deuda pública en muchas economías occidentales y la presión creciente sobre el gasto estructural, empieza a ser difícil sostener el modelo actual sin introducir cambios de calado.
Y si a esa presión se le suma la irrupción de la inteligencia artificial y la automatización de procesos, que pueden asumir de forma eficiente una parte significativa de las tareas administrativas, la conclusión a la que uno puede llegar, aunque resulte incómoda, es que en algún momento los estados van a verse obligados a replantear el tamaño y la estructura de sus plantillas.
No es un discurso habitual en la esfera pública, probablemente porque el coste político de plantearlo es altísimo, pero empieza a intuirse en ciertos movimientos, en la aproximación creciente entre gobiernos y grandes empresas tecnológicas, en la digitalización acelerada de servicios públicos y en la necesidad de hacer más con menos. Pensar que esta transformación no afectará al empleo público puede ser, en sí mismo, una forma de negar la magnitud del cambio.
Y sin embargo, incluso con todo este contexto, creo que la pregunta sigue estando mal formulada. La cuestión no es tanto si la inteligencia artificial te va a quitar el empleo, sino si vas a quedarte fuera del proceso de transformación que ya está en marcha.
Porque lo que sí parece claro es que quienes aprendan a trabajar con inteligencia artificial, a integrarla en sus procesos, a formular instrucciones de calidad, a estructurar flujos de trabajo y a supervisar resultados, van a multiplicar su capacidad de generar valor. No se trata de saber usar una herramienta concreta, sino de entender cómo pensar en un entorno donde muchas tareas ya no las haces tú directamente.
Ahí es donde empiezan a aparecer habilidades que no solo no pierden valor, sino que se vuelven más escasas. La capacidad de ordenar el caos, de diseñar procesos, de sostener disciplina en el tiempo, de imaginar soluciones que no están dadas, de tomar decisiones cuando no hay una respuesta evidente y, sobre todo, de mantener una referencia ética cuando la eficiencia empieza a justificar cualquier medio.
Porque si algo la inteligencia artificial no puede hacer, es asumir consecuencias desde la experiencia ni sostener una ética propia. Puede generar, optimizar, sugerir, pero no puede decidir desde dentro qué debe hacerse cuando lo técnicamente posible entra en conflicto con lo humanamente correcto.
Y hay una última consecuencia que, personalmente, me resulta especialmente interesante. A medida que más contenido, más procesos y más interacciones estén mediadas por inteligencia artificial, es probable que muchas experiencias empiecen a parecerse entre sí, a volverse más eficientes, pero también más homogéneas. Y en ese contexto, creo que va a empezar a tener mucho más valor aquello que no se puede replicar fácilmente, la impronta humana, la coherencia, la sensación de que detrás de una empresa hay una intención real y no solo un sistema optimizado.
Las personas perciben eso con mucha más precisión de la que a veces pensamos. Perciben cuándo hay alma y cuándo no la hay, aunque no sepan explicarlo en términos técnicos.
Por eso creo que el papel de los líderes también va a cambiar. No tanto hacia una exposición superficial, sino hacia una presencia real, hacia la capacidad de transmitir criterio, de asumir posiciones y de sostener una forma de hacer las cosas que no dependa únicamente de la eficiencia.
Al final, puede que la inteligencia artificial no venga tanto a quitarnos el empleo como a obligarnos a dejar de escondernos en él, a dejar de definirnos por tareas que pueden ser automatizadas y a empezar a preguntarnos qué aportamos cuando esas tareas ya no nos necesitan.
Y en esa pregunta, que puede resultar incómoda, también hay una oportunidad, la de reconstruir nuestra forma de trabajar desde un lugar más consciente, más creativo y, quizá, más humano.



